sábado, junio 06, 2009

6 días 6



Al alba
a porta gayola espero
bríos tuyos, bríos míos.

En la sangre
arena la tuya rosa mía
besos tuyos, besos míos.

Tres suertes de a dos
seis pétalos seis
que en mano ajena por vos
Jakuna
mueren cada noche.





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jueves, diciembre 25, 2008

Algo visual


“Soy todo corazón y eso me hace mal, soy muy sensible a la belleza/ por eso pierdo la cabeza con tanta facilidad. Socio de la Soledad.” – Andrés Calamaro.

Me confieso adorador de la belleza y por eso ando buscándola siempre. Lo bueno es que aprendí a encontrarla, y – cuando se puede– a retratarla.

Algo visual que ofrecer, para cuando la nostalgia llegue.


La imagen que el cerebro guarda, asociada a la sensación grabada en la piel, aflora cuando los ojos vuelven a ver lo que sólo ellos pudieron ver. No todos vemos lo mismo, y no todos nos ven igual. Supongo que tiene que ver con lo que andamos buscando.

Me pregunto cuál será la necesidad humana de retratar la vida y de 'posterizar' lo vivido. Y si lo vivido está ligado al romance, ¿acaso una imagen en la gaveta, es una manera de prolongar el placer y el dolor?


En la era del internet y sus redes sociales (tipo hi5), lo visual es parte fundamental para decirle al otro lo linda que es la vida de este lado, ¿pero quién nos dice a nosotros mismos lo linda que es nuestra vida?

Creo que las imágenes que a veces logramos retratar, compartidas o no, siempre guardarán su esencia para los momentos más íntimos de los implicados y evocados.

Talvez, perennizar lo bello, ayude a equilibrar lo horrendo, de nosotros mismos.

Para vos, Bru.

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lunes, noviembre 24, 2008

Nostalgia fría

Una conversa sobre la vereda fría era la consigna para rememorar lo vivido, cuando en una época atrás, éramos los amigos de siempre y para siempre. Una vereda fría, los bolsillos vacíos, la barba en mí no nacía y en ella la luz de los ojos era más que suficiente para saber que la vida era bella y que habría que conquistarla, a la vida, y a ella.

Eran épocas de universidad, de conocimiento, de afán, de ilusión y fraternidad. Eran tiempos para revivir. Así que salí temprano, pues la cita era a las 8 de la noche y quería caminar hasta su casa. Pasé por las afueras de la ‘nacional’ y buscando en los estudiantes un golpe de nostalgia, hallé más de uno; como en aquella universitaria de jeans desteñidos subiendo al micro decrépito, con la mochila a la espalda y por un solo hombro, con la preocupación en el rostro que se me antojó pensar que se la debía a la discusión de si la AOE era o no era abortiva; o en aquel profe misio que bajando de una combi histérica se pone a correr los 50 metros planos como lo hacía yo para no llegar tarde a una práctica de laboratorio, pero de seguro que este profesor olvidó algo que, obviamente, no era su carro. Pero el mayor golpe vino acompañado de aroma a corazón en brazas y entonces, adoré a los anticuchos de a luca que nos permitieron solventar nuestros congresos académicos para la parte más importante y sesuda del evento: LA JUERGA.

Y así caminé hasta su casa, hacía mucho tiempo que no lo hacía, vi una rosa en un jardín y recordé que una vez corté una y la llevé a su madre y era como si la llevara a la mía en el día de las madres, pues en fechas así, la nostalgia arremete con más ganas al hijo que se cree inmune a las fechas comerciales pero no, era más que eso, era día de las madres y yo tenía una a muchas horas de viaje, la nostalgia seguía arremetiendo… Caminé y llegué.

La fachada había cambiado un poco, las rejas que ahora decoraban la entrada al condominio me daba la certeza de que la ciudad de Trujillo se encarcelaba cada vez más, pero el resto estaba allí, igual, la ventana, la puerta y la otra ventana que alguna vez fue bodega. Toqué el timbre.

El reconocimiento mutuo duró lo que dura reconocerse uno mismo cuando se mira al espejo por la mañana, y la conversa fluyó orientada, en un principio, a saciar las ganas de ponerse al corriente de algunas cosas ajenas, como por ejemplo quiénes se casaron y quiénes están a punto aunque parezca increíble. Sí, el tema del romance y puntos de vista respecto al ‘amor’ siempre fue fascinante para nosotros pero hacía hambre, y como no se puede comer al amor, fuimos a un chifa. Y entonces, la conversa siguió fluyendo, pero ahora orientada a saciar las ganas de saber de nosotros y así, la escuché.

Siempre creí que las mujeres eran diosas, pero que no todas lo sabían, y que no todas se entendían a sí mismas. ¿Alguien las entiende? No lo sé, pero en el intento está la fascinación y escucharlas decir lo que sienten, sintieron y ya más nunca sentirán es para mí un acto de veneración. Pero en esta religión sin nombre pero con diosas conocidas, he vagado entre pagano y hereje, y frente a lo que ellas irradian voy de iluso a agnóstico. No hay duda que ellas al fin y al cabo son una sola, pues de tanto escucharlas, esa noche, creí entenderla y comprenderla y fue entonces cuando tuve un momento de lucidez y le dije lo que pensaba respecto a los sentimientos expuestos y ella dijo ¡sí! ¡es eso! ¡eso es! La diosa me había concedido la razón.

Una noche en la que se pretendía enfriar el trasero sobre la vereda, mientras se atizaba el recuerdo y la nostalgia, resultó para mi, una noche que me reafirma que la vida sigue siendo bella y que si a ésta (a la vida) aún no, a ella talvez si la conquisté, y eso es motivo más que suficiente para pensar que en el tiempo, con barba, arrugas, tintes y rayitos, mirándonos la luz de los ojos, no tardaremos en reconocernos como lo que siempre hemos sido, amigos en verdad.

Con la promesa de volvernos a juntar.

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domingo, octubre 19, 2008

Magnolia

Las muñecas con vestido de tela, encajes bordados y cabello trenzado, perdían encanto cuando Magnolia entraba en escena, pues la niña Martina, con su voz añeja la llamaba. Y Magnolia, presta y alegre, radiante y luciendo un vestido blanco impoluto, acudía siempre a su llamado.

A los 99 años, Martina volvía a pisar el umbral de la vida, aquella que se muestra traviesa, despreocupada y risueña, pues la vida es juego, y los juegos, entre niñas, divertidos casi siempre son, pero no sin alguien con quien compartir horas de aventuras, no sin alguien de quien cuidar, acariciar, querer.

Eran días de fiesta, para Martina y su fiel compañera Magnolia; y por supuesto, también para la muerte que siempre ronda y nunca deja de jugar. Y entre jardines de rosas y cartuchos, ellas jugaban, Martina cantaba, Magnolia corría, y la muerte… ah! la muerte, ella tan solo sonreía.

Pero el juego tarde o temprano termina. Un día la niña Martina se quedó dormida y ya no quiso despertar. ¿Y Magnolia?… ¿qué hacer con Magnolia?, ¿qué será de la tierna Magnolia? ¡Ay! Magnolia… Magnolia… Fue la preocupación doliente, latente, era el lamento vivo, el dolor encarnado de quienes no les queda otra más que contemplar, cómo a veces la muerte inequívoca que va a por uno que son dos, se lleva tan sólo a uno.

Los vecinos y los amigos, como es costumbre, llegaron al duelo, y al café, y a las galletas, y a las roscas, y al cabrito. La gente ayuda en momentos así, obliga a la sensatez de la familia que tiene que resignarse a ver que la vida continúa, que hay cosas que atender, platos que lavar, camas que tender, salas que barrer, sillas que tomar prestadas… uf! La vida continúa, y los seres queridos se van o se tienen que ir, como Martina o como Magnolia, pues sin Martina, la inocente Magnolia con su pelo algodonoso no sería más que paño de lágrimas y mocos… Magnolia tendría que morir.

Y así, el cuerpo de la niña Martina fue velado, y el de Magnolia, siendo oveja, sirvió para el cabrito y el café.

Martina llamó, Magnolia acudió, ¿y la muerte?... ¡ah! La muerte… ella, tan sólo, sonrió.

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